La performance parte de una idea singular: entender esa acumulación de palabras, ideas, tachaduras y marcas como una partitura visual. El lápiz azul que da forma a las palabras deja de ser únicamente una herramienta de escritura para convertirse también en un generador de ritmo, intensidad y duración.
A partir de la observación del grafismo producido por Pereyra, la artista imagina un paisaje acústico que no traduce literalmente las palabras, sino que trabaja sobre su dimensión física: la presión de la mano, las pausas, los cortes, la velocidad del trazo y la ocupación del espacio. El resultado es una experiencia en la que sonido y escritura se modifican mutuamente.
La intervención amplía además el carácter abierto de la residencia de Pereyra, una obra que se construye frente al público y que incorpora el intercambio cotidiano con el público. Durante la jornada, los visitantes podrán asistir a ese cruce entre escucha y escritura donde las paredes funcionan simultáneamente como campo de ensayo y dispositivo de resonancia.